Santiago es una ciudad pequeña con una densidad de piedra, historia y peregrinos que no tiene ninguna otra en España. Todo gira alrededor de la catedral, y todo está a cinco minutos de ella: el casco histórico es compacto y se recorre entero en una mañana larga.

Hay dos cosas que conviene aceptar antes de llegar. Una: va a llover, probablemente. Santiago tiene unos 1.800 mm de precipitación al año y no existe la temporada seca. Dos: la ciudad está construida sobre una colina y las rúas suben y bajan constantemente, con losas de granito que resbalan mojadas. Calzado con suela y chubasquero, y el día funciona igual de bien.

La catedral: por dónde empezar

La catedral de Santiago es el final del Camino y el motivo por el que existe la ciudad. Se levantó sobre lo que la tradición identifica como el sepulcro del apóstol Santiago, descubierto en el siglo IX, y ese hallazgo convirtió un rincón perdido de Galicia en el tercer gran destino de peregrinación de la cristiandad, tras Jerusalén y Roma.

La fachada del Obradoiro, barroca y monumental, es la imagen conocida, pero lo verdaderamente excepcional está justo detrás: el Pórtico de la Gloria, del maestro Mateo, terminado en 1188. Es una de las cumbres de la escultura románica europea, con más de 200 figuras que conservan restos de su policromía original. Tras una restauración larguísima se visita con entrada aparte y aforo limitado; merece la pena reservarla.

Dentro, dos rituales que hace todo el mundo: el abrazo al Apóstol, subiendo por detrás del altar mayor, y la bajada a la cripta donde se guarda la urna con los restos.

La curiosidad: por qué existe el Botafumeiro

El Botafumeiro es el incensario más grande del mundo: 62 kilos de metal, metro y medio de altura, colgado de una cuerda de más de 30 metros. Ocho hombres llamados tiraboleiros tiran de las sogas para balancearlo, y llega a alcanzar los 68 km/h y rozar las bóvedas del crucero a 21 metros de altura.

El motivo original es mucho menos místico de lo que parece: los peregrinos llegaban tras semanas o meses de camino, sin haberse lavado, dormían en el interior del templo y olían mal. El incienso a gran escala era, literalmente, un ambientador. Se le atribuía además una función profiláctica frente a las epidemias.

No se usa en todas las misas: funciona en las grandes solemnidades y cuando algún grupo paga por ello, así que si quieres verlo hay que consultar el calendario. Y no siempre sale bien: hay constancia de que en 1499, durante la visita de Catalina de Aragón camino de Inglaterra, el Botafumeiro se soltó y salió despedido por una ventana. No hubo heridos.

Las cuatro plazas

La catedral está rodeada por cuatro plazas, y cada una tiene su carácter:

  • Obradoiro: la principal, con el Hostal dos Reis Católicos —fundado en 1499 como hospital de peregrinos y hoy Parador— y el Pazo de Raxoi. Es donde llegan los peregrinos y se tiran al suelo a mirar la fachada.
  • Praterías: la más bonita, con la fachada románica original y la fuente de los caballos.
  • Quintana: la de la Puerta Santa, que solo se abre en Año Santo (cuando el 25 de julio cae en domingo).
  • Inmaculada: la más tranquila, junto al monasterio de San Martiño Pinario.

Merece la pena rodear el templo entero por las cuatro: se tarda diez minutos y se entiende mucho mejor el conjunto.

Media mañana: el mercado de Abastos

El Mercado de Abastos es, tras la catedral, el sitio más visitado de la ciudad, y con razón. Es un mercado de verdad, con producto gallego y pescaderas que llevan décadas en el mismo puesto.

Se puede comprar el pescado o el marisco en un puesto y llevarlo a uno de los locales del propio mercado, donde te lo cocinan al momento por un precio pequeño. Es la mejor forma de comer marisco fresco sin pagar precios de restaurante turístico.

Cierra a mediodía y no abre los domingos, así que si quieres verlo hay que ir por la mañana.

Comer en Santiago

La cocina gallega no necesita mucha presentación, pero sí algunos avisos:

  • Pulpo á feira, cortado con tijera sobre plato de madera, con pimentón y aceite. En Galicia se dice «á feira», no «a la gallega».
  • Empanada de zamburiñas, de xoubas o de carne.
  • Tarta de Santiago, con la cruz de la orden espolvoreada en azúcar glas.
  • Albariño o Ribeiro para beber; el orujo y la queimada, para después.

La Rúa do Franco y la Rúa da Raíña concentran la mayoría de los restaurantes turísticos: hay sitios buenos, pero también muchos con menús inflados y marisco congelado. Si puedes, aléjate un par de calles o pregunta en el mercado.

Tarde: los miradores y la Alameda

El Parque da Alameda es donde los santiagueses pasean. Desde el Paseo da Ferradura se tiene la vista clásica de la ciudad con las torres de la catedral asomando sobre los tejados: es la mejor panorámica y está a cinco minutos del casco viejo.

Busca también la estatua de As Marías, dos hermanas que paseaban cada tarde vestidas de colores llamativos por la Alameda, en abierto desafío al gris del franquismo, y que se convirtieron en un símbolo popular de la ciudad.

Si quieres una vista distinta, el Monte do Gozo es la colina desde la que los peregrinos ven por primera vez las torres, y el CGAC o el Museo do Pobo Galego, con su escalera de triple hélice, son buenas paradas de interior si arrecia la lluvia.

Cómo moverte

  • Todo el casco histórico es peatonal y se recorre andando; no hay distancias largas.
  • Ir en coche al centro es imposible: aparca en un parking del ensanche.
  • La estación de tren y la de autobuses están a 15-20 minutos andando del centro.
  • El aeropuerto de Lavacolla está a 15 km, con autobús frecuente.

Errores frecuentes

Ir un lunes contando con los museos. Varios cierran ese día, incluido el mercado en parte de su actividad.

Presentarse el 25 de julio sin reserva. Es el día del Apóstol, la fiesta grande, con fuegos artificiales sobre la catedral: espectacular, pero la ciudad se llena por completo.

Reservar alojamiento sin mirar el Camino. En temporada alta (junio-septiembre) llegan cientos de peregrinos al día y los alojamientos céntricos se agotan.

Si te quedas más días

Fisterra y Muxía, en la Costa da Morte, donde muchos peregrinos alargan el camino hasta el mar. Las Rías Baixas para marisco y albariño. Y si te va el paisaje, la Ribeira Sacra, con sus viñedos verticales sobre los cañones del Sil.