Bilbao es el ejemplo que se estudia en las escuelas de urbanismo de medio mundo. Hace treinta años era una ciudad industrial en declive, con una ría contaminada, astilleros cerrados y un centro gris. Hoy es un destino de fin de semana con un museo que cambió su destino y una de las mejores gastronomías de barra de Europa.

Para un día es una ciudad ideal: compacta, llana en el centro, con un metro impecable y todo lo importante a distancia de paseo siguiendo la ría.

Empieza por la ría: el paseo hasta el Guggenheim

La mejor forma de entender Bilbao es caminar junto al Nervión. Lo que hoy es un paseo con puentes de diseño era hace tres décadas una zona portuaria e industrial cerrada al ciudadano. La regeneración de la ría es, más que el museo, lo que de verdad transformó la ciudad.

Camina hacia el Museo Guggenheim por la orilla. El edificio de Frank Gehry, inaugurado en 1997, se ve desde lejos: 33.000 láminas de titanio que cambian de color según la luz y el cielo, entre plateado, dorado y casi rosa al atardecer.

Aunque no entres, rodéalo entero: la parte trasera, junto al agua, es la mejor. Fuera están las tres piezas que la ciudad ha adoptado como propias: Puppy, el perro de flores de Jeff Koons en la entrada; Mamá, la araña gigante de Louise Bourgeois; y los Tulipanes, también de Koons.

Si entras, calcula dos horas. La colección permanente incluye La materia del tiempo de Richard Serra, unas planchas de acero curvado de enormes dimensiones por las que se camina; es la obra que más gente recuerda al salir.

La curiosidad: el perro que se quedó

Puppy, el terrier de doce metros cubierto de flores vivas, no estaba previsto que se quedara en Bilbao. Se creó en 1992 para una exposición en Alemania, y llegó a la ciudad en 1997 como una instalación temporal para la inauguración del museo.

Cuando se acercó la fecha de retirarlo, los bilbaínos se habían encariñado tanto con él que se organizó una recogida de firmas para que se quedara. La Diputación acabó comprándolo, y hoy es probablemente la escultura más querida de la ciudad: se le cambian las flores dos veces al año —unas 38.000 plantas cada vez— y tiene un sistema de riego interno.

Hay un detalle más que a los bilbaínos les gusta contar: en 1997, poco antes de la inauguración del museo, ETA planeó un atentado con explosivos escondidos en jardineras junto a Puppy. Un ertzaina, José María Aguirre, descubrió el operativo y fue asesinado. La sala junto a la entrada lleva su nombre.

Mediodía: el Casco Viejo y las Siete Calles

Cruza la ría hacia el Casco Viejo, el Bilbao original: siete calles medievales que fueron toda la ciudad durante siglos. Aquí están la catedral de Santiago, la plaza Nueva —un rectángulo porticado neoclásico— y decenas de bares.

Al lado está el Mercado de la Ribera, uno de los mercados cubiertos más grandes de Europa, junto al agua, con puestos de producto y barras de pintxos en la planta superior.

Sobre los pintxos, dos aclaraciones que ahorran malentendidos:

  • No son tapas: se pagan (aquí no son gratis) y cada uno es un plato en miniatura.
  • El ritual es tomar uno o dos por bar e ir cambiando de sitio, con un txakoli o un zurito (caña pequeña) en cada parada.

Las mejores zonas: la plaza Nueva y la calle Ledesma, ya en el ensanche. Prueba la gilda (aceituna, anchoa y guindilla), el bacalao al pil-pil y, si es temporada, las kokotxas.

Tarde: el ensanche y el Azkuna Zentroa

Cruza al otro lado por el puente Zubizuri, el arco blanco de Calatrava, y pasea por el ensanche: la Gran Vía, la plaza Moyúa y los edificios de principios del siglo XX que dan idea del dinero que movía aquí la industria del hierro.

Merece una parada el Azkuna Zentroa (antigua Alhóndiga), un almacén de vinos de 1909 reconvertido por Philippe Starck en centro cultural. Lo llamativo está en la planta baja: 43 columnas, todas distintas entre sí, cada una con un estilo arquitectónico diferente, de lo egipcio a lo art déco. Se entra gratis a verlas.

Si te van los museos y el Guggenheim te ha sabido a poco, el Museo de Bellas Artes tiene una colección notable (El Greco, Goya, Gauguin) y una fracción del público.

Última hora: subir al Artxanda

Coge el funicular de Artxanda —tres minutos de trayecto— y sube al monte que domina la ciudad. Desde arriba se ve Bilbao entera encajonada entre montañas, con la ría serpenteando y el Guggenheim abajo. Al atardecer es el mejor sitio para terminar el día, y hay un par de asadores arriba si te quedas a cenar.

Cómo moverte

  • El metro de Bilbao, diseñado por Norman Foster, es rápido y sus accesos acristalados —los «fosteritos»— son ya parte del paisaje.
  • El tranvía bordea la ría y para justo en el Guggenheim y el Casco Viejo.
  • El centro y el Casco Viejo se hacen andando sin problema.
  • Si vas en coche, aparca en un parking del ensanche y olvídate de él: el centro tiene muchas calles peatonales.

El error clásico

Ir a Bilbao solo por el Guggenheim y volverse. El museo es magnífico, pero la ciudad tiene más: el Casco Viejo, la escena de pintxos y la propia ría cuentan una historia más interesante que cualquier colección.

Y ojo con las fechas: en Aste Nagusia (la Semana Grande, a mediados de agosto) la ciudad es una fiesta enorme, con conciertos y txosnas, pero también con hoteles llenos y precios altos.

Si te queda otro día

Getxo y el Puente Bizkaia, el transbordador colgante más antiguo del mundo (1893) y Patrimonio de la Humanidad: cruza en la barquilla y, si no te dan miedo las alturas, sube a la pasarela superior. Y si el tiempo acompaña, San Juan de Gaztelugatxe, a una hora en coche: 241 escalones sobre un islote unido a la costa por un puente de piedra, uno de los sitios más espectaculares del norte.