Toledo se ve en un día, y de hecho es como la ve la mayoría de la gente: está a media hora en tren desde Madrid y es la excursión clásica de la capital. Pero conviene saber a qué se enfrenta uno: la ciudad está encaramada en un promontorio rodeado por el Tajo en tres de sus cuatro lados, y eso significa cuestas. Muchas cuestas.
La compensación es que pocos sitios en Europa concentran tanta historia en tan poco espacio. Fue capital visigoda, ciudad musulmana, capital del reino de Castilla y sede del arzobispado más poderoso de España. Y durante siglos convivieron aquí cristianos, judíos y musulmanes, algo que se ve literalmente en los edificios.
Lo primero: cómo entrar sin destrozarse
Este es el consejo más útil de toda la guía. Toledo tiene escaleras mecánicas públicas y gratuitas que suben desde el aparcamiento de Safont y desde la zona del Miradero hasta el casco histórico. Son varios tramos y ahorran una subida considerable.
Si llegas en coche, aparca abajo y sube en ellas. Si llegas en tren o autobús, hay autobuses urbanos que te dejan arriba, en Zocodover.
Y una recomendación de orden: empieza por lo alto y baja. La ciudad está en pendiente y hacer el recorrido al revés significa subir cuestas con calor y cansancio acumulado.
La Pulsera Turística: la entrada que sale a cuenta
Toledo tiene un sistema poco conocido que ahorra bastante: la Pulsera Turística da acceso a siete monumentos (entre ellos San Juan de los Reyes, la sinagoga de Santa María la Blanca, la iglesia de los Jesuitas y la mezquita del Cristo de la Luz) por un precio muy inferior al de comprarlos sueltos. Se compra en cualquiera de esos monumentos.
La catedral y el Alcázar van aparte.
Mañana: la catedral
La catedral primada de Toledo es una de las grandes catedrales góticas de Europa y necesita al menos una hora larga. Tres cosas que no hay que perderse:
El Transparente, un rompimiento barroco en la bóveda del deambulatorio: Narciso Tomé abrió un hueco en el techo para que un haz de luz natural cayera directamente sobre el sagrario. A media mañana, cuando el sol entra por ahí, es un espectáculo teatral y bastante desconcertante en mitad de un templo gótico.
La sacristía, que es en realidad una pinacoteca: hay quince obras de El Greco, además de Goya, Tiziano, Rubens y Caravaggio.
La custodia de Arfe, de plata y oro, de casi tres metros, que sale en procesión el día del Corpus.
Media mañana: la ciudad de las tres culturas
Baja hacia el suroeste, a la judería. Se conservan dos sinagogas, y las dos tienen una historia que resume Toledo.
La sinagoga de Santa María la Blanca se construyó en el siglo XII como sinagoga, con arquitectura y artesanos musulmanes, y acabó siendo iglesia cristiana. Tres culturas en un solo edificio. Por dentro es un bosque de arcos de herradura blancos que no se parece a nada.
La sinagoga del Tránsito, más decorada, alberga el Museo Sefardí y tiene un artesonado y unas yeserías espectaculares, con inscripciones en hebreo recorriendo los muros.
A dos pasos está el Monasterio de San Juan de los Reyes, mandado construir por los Reyes Católicos, con un claustro precioso. En la fachada exterior cuelgan cadenas: son, según la tradición, las de los cautivos cristianos liberados en Málaga.
Y algo más arriba, la mezquita del Cristo de la Luz, del año 999, uno de los edificios más antiguos que quedan en pie en la ciudad. Es diminuta —cabe en una habitación— pero es la joya del arte califal en Castilla.
Antes de comer: El Greco
El entierro del señor de Orgaz está en la iglesia de Santo Tomé, y no en un museo: sigue en el mismo lugar para el que fue pintado en 1586. Verlo en su sitio, en una capilla pequeña y con la luz que el propio pintor tuvo en cuenta, es distinto a verlo en una sala de museo.
Si te sobra tiempo, el Museo del Greco, cerca, reconstruye una casa toledana del siglo XVI y expone su serie de apóstoles.
La curiosidad: el mazapán y el hambre
Toledo es famosa por su mazapán, y la explicación tradicional del origen es una de esas historias que uno agradece que se cuenten.
La versión más repetida sitúa el invento en el siglo XIII, tras la batalla de Las Navas de Tolosa, cuando la ciudad pasaba hambre porque no había trigo para hacer pan. Las monjas del convento de San Clemente, que sí tenían almendra y azúcar almacenados, los machacaron juntos y crearon una pasta densa y muy calórica con la que alimentar a la población. De ahí, dicen, el nombre: pan de maza o «masa de pan».
Los historiadores discuten el relato —hay dulces de almendra parecidos en el Mediterráneo desde mucho antes—, pero la tradición conventual es real: varios conventos de clausura de Toledo siguen vendiendo mazapán hecho a mano, y en algunos se compra a través de un torno giratorio, sin ver a la monja que te atiende.
Tarde: el Alcázar y las vistas
El Alcázar domina la ciudad desde el punto más alto. Fue palacio, academia militar y escenario de un asedio célebre durante la Guerra Civil. Hoy alberga el Museo del Ejército, que interesará sobre todo a quien le vaya la historia militar, y una biblioteca regional.
Aunque no entres, la explanada tiene buenas vistas y es el punto de referencia para orientarse.
Para acabar el día, lo mejor está fuera de las murallas: cruza el puente de San Martín o el de Alcántara y sube a la Carretera de Circunvalación, donde está el mirador del Valle. Desde ahí se ve la panorámica completa de Toledo sobre el Tajo, la misma que pintó El Greco en su Vista de Toledo. Al atardecer, con la piedra dorada, es la imagen que te vas a llevar.
Hay un autobús turístico que sube, taxis, o unos 40 minutos andando cuesta arriba.
Cómo moverte
- Dentro del casco, solo a pie: las calles son estrechas, empedradas y muchas peatonales.
- Calzado cómodo y con suela: los adoquines resbalan cuando llueve.
- Desde Madrid, el AVE tarda 33 minutos desde Atocha; conviene comprar con antelación porque hay pocas frecuencias.
- El autobús es más lento pero más barato y con más salidas.
El error habitual
Ir en pleno agosto al mediodía. Toledo es una de las ciudades más calurosas de España en verano y su casco histórico tiene poca sombra. En julio y agosto, organiza la mañana temprano, los interiores al mediodía y el mirador al atardecer.
Y otro más sutil: quedarse solo en la calle Comercio, la vía principal llena de tiendas de espadas y recuerdos. Toledo mejora muchísimo en cuanto te metes dos calles hacia los lados, donde no hay nadie.
Si vuelves
Consuegra, a una hora, con los molinos de viento en el cerro. Y una visita nocturna al casco histórico: Toledo está muy bien iluminada y de noche, sin excursiones y con las calles vacías, es cuando de verdad parece la ciudad medieval que fue.