Madrid es una ciudad que se entiende caminando. No tiene un monumento único que lo resuma todo —no hay una Sagrada Família ni una Alhambra— y por eso a veces se subestima. Lo que tiene es un centro compacto, denso y muy vivo, donde en quince minutos pasas de un palacio a una taberna de azulejos y de ahí a uno de los mejores museos del mundo.
En un día se puede ver mucho, precisamente porque casi todo lo importante está dentro de un rectángulo que se recorre a pie. Lo único que hay que decidir de antemano es cuánto tiempo le dedicas al Prado, porque ese museo se come las horas que le eches.
Empieza pronto: el Madrid de los Austrias
Comienza en la Plaza Mayor a primera hora, cuando los camareros están montando las terrazas y todavía se puede cruzar en diagonal sin esquivar a nadie. Es un rectángulo cerrado del siglo XVII donde se celebraron coronaciones, corridas de toros y autos de fe, y que hoy funciona sobre todo como escenario.
Sal por el Arco de Cuchilleros —la escalera más fotografiada de la plaza— y baja hacia la Cava Baja. A esa hora está desierta, pero es la calle donde volverás por la noche si te quedas.
Sigue hacia la Plaza de la Villa, un conjunto medieval y renacentista que sobrevive escondido, y desde ahí a la catedral de la Almudena y al Palacio Real. Un apunte que sorprende a mucha gente: la Almudena no se terminó hasta 1993, y su interior, de colores muy vivos y aire casi pop, no se parece en nada a lo que uno espera de una catedral española.
Si solo entras en un sitio por la mañana
Que sea el Palacio Real. Es el palacio real más grande de Europa occidental por superficie, con más de 3.000 estancias, y se visita una fracción mínima. Merece la pena por la Escalera Principal, el Salón del Trono y la Real Armería. Si vas justo de tiempo, con ver la fachada desde la Plaza de Oriente y asomarte a los Jardines de Sabatini te haces una idea.
Media mañana: de Sol a Gran Vía
Cruza hasta la Puerta del Sol, el kilómetro cero de las carreteras españolas. Aquí está el oso y el madroño, símbolo de la ciudad, y también el reloj de la Casa de Correos que marca las campanadas de Nochevieja para todo el país.
Desde Sol, sube por la calle Preciados o por la calle del Carmen hasta la Gran Vía. Levanta la vista: lo interesante no está en los escaparates sino en las cornisas, las cúpulas y las esculturas de los edificios de principios del siglo XX. El Edificio Metrópolis, con su cúpula negra y la victoria alada dorada, es probablemente el edificio más fotografiado de Madrid.
Curiosidad: por qué a los madrileños se les llama «gatos»
La versión más repetida se remonta a 1085, durante la conquista de la ciudad por Alfonso VI. Cuenta la tradición que un soldado trepó la muralla con una daga entre los dientes, tan pegado al muro y con tanta agilidad que sus compañeros gritaron que parecía un gato. Al parecer arrancó el estandarte musulmán y colocó el cristiano, y desde entonces le quedó el apodo, que heredaron sus descendientes y acabó extendiéndose a toda la ciudad.
Hoy, en sentido estricto, «gato» no es cualquier madrileño: solo lo es quien tiene padres y abuelos también nacidos en Madrid. Si se lo preguntas a alguien en una taberna, prepárate para una conversación larga sobre quién lo es de verdad.
Mediodía: comer como se come aquí
Madrid no tiene una cocina propia tan definida como otras ciudades españolas, pero sí unos cuantos clásicos irrenunciables:
- El bocadillo de calamares, que se come de pie en las tabernas de alrededor de la Plaza Mayor.
- El cocido madrileño, si es invierno y tienes toda la tarde libre (no lo pidas si luego quieres andar; es demoledor).
- Las gambas al ajillo y la oreja a la plancha en las barras de la Cava Baja.
- El vermut de grifo, ritual sagrado del mediodía, sobre todo los domingos.
Para tapear con criterio, tres zonas: La Latina (Cava Baja y alrededores), el Mercado de San Miguel —bonito pero caro y muy turístico, para picar algo rápido— y las tabernas del barrio de las Letras, que quedan de camino al Prado.
Tarde: el Paseo del Arte
Aquí está la decisión importante del día. El Museo del Prado, el Reina Sofía y el Thyssen-Bornemisza están a diez minutos andando unos de otros, pero ver dos en una tarde es forzar la máquina.
Si eliges el Prado, dedícale dos horas y ve directo a lo esencial: Las meninas, El jardín de las delicias, las Pinturas Negras de Goya y Los fusilamientos del 3 de mayo. Hay un plano de imprescindibles en la entrada que funciona muy bien.
Si prefieres el siglo XX, el Reina Sofía tiene el Guernica, y verlo en persona —con los bocetos alrededor y el tamaño real de por medio— impresiona bastante más de lo que uno espera.
Un dato práctico que mucha gente no aprovecha: los tres museos tienen franjas de entrada gratuita al final del día. Se forman colas, pero si vas justo de presupuesto y no te importa ver menos, es una opción real.
Última hora: el Retiro y el atardecer
Sal del museo y cruza al Parque del Retiro, que empieza justo detrás. Ve directo al estanque, y de ahí al Palacio de Cristal, un invernadero de hierro y vidrio construido en 1887 que hoy acoge instalaciones de arte contemporáneo. Es, con diferencia, el rincón más bonito del parque.
Si te queda energía, el Templo de Debod está al otro lado del centro y es el mejor sitio de Madrid para ver la puesta de sol: un templo egipcio real, del siglo II a. C., que Egipto regaló a España en 1968 y que se reconstruyó piedra a piedra sobre una colina con vistas a la sierra.
Cómo moverte sin perder tiempo
El centro histórico se hace entero andando: de la Plaza Mayor al Prado hay veinte minutos paseando. El metro solo lo necesitarás para el Templo de Debod o para volver al alojamiento.
- El metro de Madrid es rápido, limpio y llega a todas partes; los billetes van en tarjeta recargable, que se compra en las máquinas de cualquier estación.
- Evita el coche en el centro: buena parte está dentro de una zona de bajas emisiones con restricciones de acceso y multas automáticas.
- Desde el aeropuerto, el metro y el Cercanías son mucho más baratos que el taxi y casi igual de rápidos.
El error que arruina el día
Intentar meter el Estadio Santiago Bernabéu o el Museo de las Ciencias además de todo lo anterior. Están fuera del centro y cada uno se lleva media tarde entre desplazamiento y visita.
Y un aviso sobre horarios que descoloca a muchos visitantes extranjeros: aquí se come entre las 14:00 y las 16:00 y se cena a partir de las 21:00. Si entras a un restaurante a las 19:30 buscando cena, lo más probable es que la cocina esté cerrada y acabes en una cadena.
Lo que dejaría para un segundo día
Si vuelves, tres sitios que se salen del circuito obvio: el Museo Sorolla, la casa del pintor convertida en museo, con un jardín que parece Sevilla en mitad de Madrid; el barrio de Malasaña, para ver la ciudad que salen en las series y no en las postales; y el Rastro un domingo por la mañana, que no es tanto un mercado como una manera de que la ciudad se enseñe a sí misma.