Zaragoza suele quedar fuera de las rutas turísticas clásicas, atrapada entre Madrid y Barcelona, y es un error: pocas ciudades españolas conservan capas históricas tan visibles. En un paseo de veinte minutos se pasa de un foro romano a un palacio islámico del siglo XI, de ahí a una catedral gótico-mudéjar y a una basílica barroca frente al Ebro.
Además es una ciudad llana, con un centro compacto y bien comunicada por AVE: hora y cuarto desde Madrid, hora y media desde Barcelona. Es perfecta para un día.
La basílica del Pilar
La basílica de Nuestra Señora del Pilar es la imagen de Zaragoza: once cúpulas de teja vidriada de colores y cuatro torres asomadas al Ebro. La tradición sitúa aquí la primera aparición mariana de la historia, cuando la Virgen se habría aparecido al apóstol Santiago sobre una columna de jaspe: ese pilar sigue en el interior y los fieles hacen cola para besarlo por una abertura en la parte trasera.
Dentro hay dos cúpulas pintadas por Goya, que era aragonés y trabajó aquí de joven. La Regina Martyrum es especialmente notable, y hay quien dice que el estilo suelto que empleó le costó críticas de la junta de obras en su momento.
Sube al mirador de la torre (hay ascensor): desde arriba se ve la plaza entera, La Seo y el río.
La curiosidad: las bombas que no explotaron
Dentro de la basílica, colgadas de una pared, hay dos bombas sin detonar. No son una réplica ni un adorno.
En agosto de 1936, durante la Guerra Civil, un avión lanzó tres bombas sobre el Pilar. Una atravesó el tejado y cayó junto a la Santa Capilla; otra impactó también en el interior; una tercera cayó fuera. Ninguna de las tres explotó, y no hubo víctimas pese a que había gente en el templo.
Para los devotos fue un milagro y así se cuenta desde entonces. La explicación técnica más aceptada apunta a defectos en las espoletas —era munición mal preparada y hubo muchos casos de bombas que no detonaron en aquella guerra—. La Iglesia mantuvo dos de ellas expuestas, y ahí siguen, con los agujeros del techo señalizados en el suelo.
Sea milagro o fallo de fabricación, es de las cosas más curiosas que se pueden ver dentro de un templo español.
La plaza del Pilar y La Seo
La plaza del Pilar es una de las más grandes de Europa, un espacio inmenso que conecta la basílica con el ayuntamiento, la Lonja y La Seo. En verano funciona la fuente de la Hispanidad, cuya lámina de agua dibuja el mapa de Hispanoamérica.
En el extremo opuesto está La Seo, la catedral del Salvador y, para muchos, el edificio más interesante de la ciudad. Se levantó sobre la mezquita mayor, que a su vez se había construido sobre el foro romano. Su muro mudéjar exterior, de ladrillo y cerámica vidriada, está declarado Patrimonio de la Humanidad, y dentro conserva un retablo mayor de alabastro impresionante y un museo de tapices flamencos que es de los mejores del mundo.
Si solo puedes entrar en uno de los dos templos, La Seo tiene más interés artístico; el Pilar, más carga simbólica.
La Zaragoza romana
Zaragoza fue Caesaraugusta, fundada por Augusto en el año 14 a. C. para sus veteranos, y de ahí viene el nombre actual, deformado a lo largo de los siglos.
Quedan cuatro museos arqueológicos pequeños en el centro: el teatro romano, el más espectacular, con capacidad para 6.000 espectadores y visible desde la calle; el foro, bajo la plaza de La Seo; el puerto fluvial; y las termas públicas. Hay entrada combinada para los cuatro y se ven en un par de horas.
Junto a ellos, el puente de Piedra, del siglo XV, con sus cuatro leones de bronce, es el mejor sitio para la foto clásica del Pilar reflejado en el Ebro.
La Aljafería
El palacio de la Aljafería es la joya menos conocida de Zaragoza y probablemente lo que más sorprende al visitante. Es un palacio islámico del siglo XI, construido para los reyes de la taifa de Zaragoza, y el único de esa época que se conserva casi completo fuera de Andalucía.
Después fue palacio de los reyes de Aragón, sede de la Inquisición, cuartel militar y hoy es la sede de las Cortes de Aragón. Esa superposición se ve por dentro: arcos entrecruzados de yesería islámica, un artesonado mudéjar y salones renacentistas en el mismo recorrido.
Está a 15 minutos andando del centro. Consulta horarios antes de ir: al ser sede parlamentaria, cierra o restringe la visita algunos días.
Comer: El Tubo
El Tubo es la maraña de callejones del casco viejo donde se concentran las tabernas de tapas. No es tan famoso como los pintxos de San Sebastián, pero está a un nivel muy alto y es bastante más barato.
Qué pedir:
- Ternasco de Aragón, el cordero con denominación propia.
- Migas con uva.
- Borrajas, una verdura casi exclusiva de la zona.
- Bacalao al ajoarriero y las setas en temporada.
- De postre, frutas de Aragón: fruta confitada bañada en chocolate.
Para beber, vinos de Cariñena, Campo de Borja o Somontano, las tres denominaciones aragonesas.
Cómo moverte
- El centro histórico se hace andando y es llano: del Pilar al teatro romano hay cinco minutos.
- El tranvía cruza la ciudad de norte a sur y va bien para llegar desde la estación.
- La estación Delicias (AVE) está a 3 km del centro: tranvía o autobús.
- Ir en coche al casco viejo no compensa; hay parkings en el perímetro.
Cuándo ir y cuándo no
Zaragoza tiene un clima extremo: veranos muy calurosos, inviernos fríos y el cierzo, un viento del noroeste seco y persistente que puede hacer que 8 grados parezcan 2. Primavera y otoño son las mejores épocas.
Las Fiestas del Pilar, alrededor del 12 de octubre, son una de las grandes celebraciones de España, con la Ofrenda de Flores como acto multitudinario. Espectacular, pero con la ciudad desbordada: hay que ir a propósito.
Con más tiempo
Fuendetodos, a 45 km, el pueblo donde nació Goya, con su casa natal y un museo de grabados. Y el Monasterio de Piedra, a hora y media, con un parque de cascadas y grutas que no parece de Aragón.