Valencia tiene una ventaja rara entre las grandes ciudades españolas: sus dos atractivos principales son completamente opuestos y están unidos por un parque de nueve kilómetros. Por un lado, un casco antiguo medieval con una de las lonjas góticas más bonitas de Europa. Por otro, un complejo de arquitectura futurista que parece el decorado de una película de ciencia ficción.

Entre ambos está el Jardín del Turia, el antiguo cauce del río convertido en parque, que es la forma más agradable de recorrer la ciudad. Un día da para ver las dos caras si organizas bien la jornada.

Por qué el río de Valencia es un parque

Merece la pena empezar entendiendo esto, porque explica media ciudad. En octubre de 1957 el Turia se desbordó y provocó una riada catastrófica que anegó Valencia con más de cinco metros de agua en algunas calles y causó decenas de muertos.

La solución fue desviar el río por el sur de la ciudad. El cauce viejo quedó vacío en pleno centro, y durante años el plan oficial fue convertirlo en una autopista. La presión vecinal, con el lema «el llit del Túria és nostre i el volem verd» —el cauce del Turia es nuestro y lo queremos verde—, consiguió que se convirtiera en el parque urbano más largo de España.

Hoy es donde los valencianos corren, van en bici y llevan a los niños. Y es, de paso, el mejor atajo entre el casco antiguo y la Ciudad de las Artes.

Mañana: el Mercado Central y la Lonja

Empieza en el Mercado Central, uno de los mercados modernistas más grandes de Europa, con casi 1.000 puestos bajo una estructura de hierro, cristal y cerámica de 1928. Ve pronto: a partir de las once se llena y a media tarde ya está cerrado.

Justo enfrente está la Lonja de la Seda, Patrimonio de la Humanidad y el edificio que mejor explica lo que fue Valencia en el siglo XV: una potencia comercial mediterránea. La Sala de Contratación, con sus columnas helicoidales de trece metros que se abren como palmeras, es una de las salas góticas civiles más impresionantes que se conservan.

Fíjate en las gárgolas de la fachada exterior: entre santos y monstruos hay escenas bastante procaces, humor medieval a la vista de todos.

Media mañana: la Catedral y el Santo Cáliz

A cinco minutos está la catedral de Valencia, mezcla de románico, gótico y barroco por las distintas épocas en que se fue levantando. Guarda dos cosas que merecen la parada.

La primera es el Santo Cáliz: una copa de ágata que la tradición identifica con el cáliz de la Última Cena y que, a diferencia de otras reliquias, ha sido datada por arqueólogos en un taller oriental entre el siglo IV a. C. y el I d. C. Los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI oficiaron misa con ella.

La segunda es el Miguelete, el campanario octogonal. Son 207 escalones de caracol bastante estrechos, pero desde arriba se ve el trazado completo del casco antiguo y, con día claro, el mar.

Mediodía: el Tribunal de las Aguas

Si estás en Valencia un jueves, no te muevas de la catedral antes de las 12:00. A esa hora, en la Puerta de los Apóstoles, se reúne el Tribunal de las Aguas de la Vega de Valencia, considerada la institución de justicia más antigua de Europa que sigue en funcionamiento: lleva reuniéndose más de mil años.

Ocho síndicos, elegidos por los regantes de las acequias de la huerta, se sientan en sillas de cuero formando un círculo y resuelven los conflictos por el uso del agua. El procedimiento es enteramente oral: no hay abogados, no hay documentos, no se levanta acta, y las sentencias son firmes e inapelables. Se dictan en valenciano y se ejecutan en el acto.

Dura unos minutos, es gratis y no hace falta reservar nada. Es de esas cosas que uno no espera encontrarse en mitad de una plaza turística.

Comer: dónde está la paella de verdad

Aviso importante, porque es el error clásico del visitante: la paella no se come en el centro histórico. Los restaurantes de la plaza de la Reina y alrededores viven del turista de paso y sirven arroces mediocres a precio alto.

La paella valenciana auténtica lleva pollo, conejo, garrofón, judía verde y, según la casa, caracoles. No lleva chorizo, ni guisantes, ni cebolla. Se come al mediodía —nunca de cena— y en muchos sitios hay que encargarla con antelación porque se hace al momento.

Dónde ir:

  • El Palmar o El Perellonet, en la Albufera, a media hora en coche: es el origen del plato.
  • El barrio de El Cabanyal y el paseo de la Malvarrosa, junto al mar.
  • Si te quedas en el centro, busca arrocerías con horno de leña y pregunta si la hacen por encargo.

Y si quieres el ritual local completo, pide un agua de Valencia (cava, zumo de naranja, vodka y ginebra) o, más suave, una horchata con fartons en una horchatería de Alboraya.

Tarde: la Ciudad de las Artes y las Ciencias

Baja al Jardín del Turia y recórrelo hacia el este, andando o en bici. En unos veinte minutos en bici (unos 45 a pie) llegas al conjunto de Santiago Calatrava, que empezó a construirse en 1996 sobre el tramo final del cauce.

Aunque no entres a nada, el paseo entre los edificios ya merece la visita: el Hemisfèric con forma de ojo que se refleja en el agua, el Palau de les Arts y el esqueleto blanco del Museu de les Ciències. Es el sitio más fotografiado de Valencia y a última hora de la tarde, con la luz baja y los estanques quietos, es cuando mejor se ve.

Si vas a entrar a uno solo, el Oceanogràfic es el acuario más grande de Europa y necesita al menos tres horas: solo cabe si renuncias a otra cosa del día.

Última hora: el mar

Valencia tiene playa urbana con arena ancha y un paseo largo. Desde la Ciudad de las Artes hay unos veinte minutos en autobús o bici hasta la Malvarrosa.

Antes de llegar a la arena, cruza El Cabanyal, el antiguo barrio de pescadores, con sus casas bajas cubiertas de azulejos de colores. Estuvo a punto de ser derribado para prolongar una avenida hasta el mar y se salvó tras años de conflicto; hoy es uno de los barrios con más carácter de la ciudad.

Cómo moverte

  • La bici es la mejor opción: la ciudad es llana y el Jardín del Turia conecta casi todo sin tráfico.
  • El metro llega al aeropuerto y a las playas del norte; el tranvía, a la Malvarrosa.
  • El casco antiguo se hace entero a pie: del Mercado Central a la Catedral hay cinco minutos.
  • Con coche, ojo: el centro tiene muchas calles peatonales y aparcar en superficie es complicado.

El fallo que más veo

Meter la Albufera, el Oceanogràfic y el casco antiguo en la misma jornada. Son tres bloques de medio día cada uno. Si tu prioridad es la paella auténtica, cambia el Oceanogràfic por una comida en El Palmar y una puesta de sol en la Albufera en barca, que es de las mejores de la costa española.

Y si vienes en marzo, entérate antes de las fechas de las Fallas: del 15 al 19 la ciudad es una fiesta ininterrumpida con mascletàs diarias a las dos de la tarde, pero también con calles cortadas, ruido constante y hoteles disparados. Hay que ir queriendo ir.