Salamanca se llama «la ciudad dorada» por un motivo muy concreto: la piedra de Villamayor con la que está construida contiene óxido de hierro, y al oxidarse con el aire va tomando un tono dorado que al atardecer se vuelve casi naranja. Es un fenómeno que se aprecia mejor a última hora de la tarde, y merece la pena reservar ese momento para la Plaza Mayor.

Es una ciudad pequeña, llana y perfectamente caminable, con un centro histórico que cabe en un paseo de veinte minutos de punta a punta. Para un día sobra tiempo, lo que la convierte en una parada muy agradecida.

La Plaza Mayor: empieza y termina aquí

La Plaza Mayor de Salamanca, construida en el siglo XVIII, se considera con frecuencia la más bonita de España. Es un cuadrado porticado perfectamente cerrado, con 88 arcos y una uniformidad barroca que resulta hipnótica.

En los medallones de las fachadas hay retratos de reyes, conquistadores y personajes ilustres. Uno de los medallones está vacío a propósito desde hace décadas, reservado para futuras incorporaciones, y cada cierto tiempo se abre el debate sobre a quién poner ahí.

Pásate por la mañana para verla vacía y vuelve al atardecer, cuando se ilumina y la piedra alcanza su mejor tono.

La universidad y la fachada más mirada de España

La Universidad de Salamanca, fundada en 1218, es la más antigua de España y una de las más antiguas del mundo en funcionamiento continuo. En 2018 celebró sus 800 años.

Su fachada plateresca es un tapiz de piedra tallada lleno de figuras: los Reyes Católicos en el centro, escudos, medallones, calaveras, ángeles. Y en algún punto de ese caos, una rana sobre una calavera.

La curiosidad: la rana que hay que encontrar

La tradición estudiantil dice que quien es capaz de localizar la rana sin ayuda aprobará el curso; en versiones más recientes, se ha extendido a que quien la encuentre volverá a Salamanca o encontrará pareja. Frente a la fachada siempre hay grupos de gente con el cuello torcido buscándola.

El origen del símbolo es mucho menos romántico. La figura no es exactamente una rana sino un batracio sobre un cráneo, y los historiadores del arte la interpretan como una advertencia moral: el sapo era símbolo de la lujuria y el pecado, y la calavera, de la muerte. El mensaje al estudiante que entraba a la universidad era, básicamente, que los vicios conducen a la perdición.

De aviso contra el desenfreno a amuleto para aprobar exámenes: pocas veces un símbolo ha cambiado tanto de sentido.

Dentro del edificio se visita el aula de Fray Luis de León, conservada con sus bancos originales de madera, y la biblioteca antigua, con más de 2.500 manuscritos, que se ve desde una reja.

Las dos catedrales

Salamanca tiene dos catedrales pegadas y comunicadas entre sí, algo poco habitual.

La catedral vieja, románica del siglo XII, es más pequeña y más recogida, con un retablo de 53 tablas y una cúpula llamada Torre del Gallo. La catedral nueva, gótica y barroca, es enorme y se construyó sin derribar la anterior, algo que se decidió para no interrumpir el culto.

En la portada de la catedral nueva, busca el astronauta y un fauno comiendo un helado. No son un misterio ni una profecía: se añadieron en una restauración de 1992, siguiendo la vieja costumbre de los canteros de dejar una firma de su época. Se ha convertido en un pequeño juego para los visitantes.

Si no te dan miedo las alturas, la visita Ieronimus recorre las torres y las galerías superiores por dentro, con vistas sobre la ciudad.

Media jornada: Casa de las Conchas y el resto del centro

La Casa de las Conchas, del siglo XV, tiene la fachada cubierta por unas 300 conchas de vieira talladas, símbolo de la orden de Santiago a la que pertenecía su propietario. Hoy es biblioteca pública y se puede entrar gratis a ver su patio gótico.

Enfrente está la Clerecía, con sus torres barrocas y la subida al Scala Coeli, otro buen mirador. Y a pocos minutos, el Convento de San Esteban, con una fachada plateresca espectacular; fue aquí donde los dominicos debatieron el proyecto de Colón.

El río y el puente romano

Baja hasta el Tormes y cruza el puente romano, del siglo I. Date la vuelta desde la otra orilla: la vista de las dos catedrales alzándose sobre el río es la panorámica clásica de Salamanca, y con la luz de la tarde es cuando la piedra dorada hace su efecto.

Junto al puente está el verraco, una escultura zoomorfa prerromana de los vetones, que aparece en el Lazarillo de Tormes: es donde el ciego golpea la cabeza del muchacho contra la piedra.

Comer y salir

Salamanca es ciudad universitaria, con lo que eso implica: mucha oferta, precios contenidos y ambiente hasta tarde.

  • Hornazo, la empanada rellena de lomo, chorizo y huevo. Es el plato local por excelencia.
  • Jamón de Guijuelo, de la propia provincia.
  • Chanfaina y farinato, si te van los platos contundentes.
  • La zona de tapeo está en la calle Van Dyck (más local) y alrededor de la Plaza Mayor (más céntrico).

Cómo moverte

Todo andando: es de las ciudades más cómodas de España para visitar sin transporte. Del puente romano a la Plaza Mayor hay diez minutos cuesta arriba, y no hay más pendiente que esa.

Desde Madrid, el tren tarda algo menos de hora y media. En coche, unas dos horas.

Cuándo ir

Salamanca tiene inviernos muy fríos —está a 800 metros— y veranos secos pero llevaderos. La primavera y el principio del otoño son ideales.

Un aviso: entre julio y agosto la ciudad se llena de estudiantes de cursos de español de todo el mundo, y en septiembre vuelve la universidad. Si buscas tranquilidad, junio es buen mes.

El detalle final

Si puedes, quédate a la noche. La Plaza Mayor iluminada, con los arcos dorados recortados contra el cielo oscuro y la gente sentada en el suelo del centro de la plaza, es la imagen que se le queda a todo el mundo. Y no cuesta nada.